Volvamos al Cosmos, al espacio próximo, conocido, donde vivimos Nosotros. Todo ese espacio es sagrado, pero no de manera homogénea, es decir, hay lugares donde lo sagrado se manifiesta con mayor fuerza. Esos lugares se llaman "centros".
Un centro es por ejemplo la morada. La morada no es simple y llanamente sinónimo de la casa, un conjunto de paredes y techo, sino que más bien tiene el sentido de "hogar". No es fácil cambiar de morada porque eso significa empezar a vivir de nuevo. Es difícil. Exige domesticar el nuevo espacio y para ello habrá que ejecutar una serie de ritos que hagan habitable el lugar. En nosotros hoy quedan vestigios de esta actitud: los encontramos por ejemplo en los inundados, que pasada la inundación retornan al mismo lugar: en los desalojados que se resisten a dejar su rancho por una vivienda igual o mejor en otro sitio. Los ritos de domesticación tienen su equivalencia en las fiestas de inauguración de casas o negocios.
“- Los Naranjitos Que Yo Planté...- "
Cada vez que explico este tema me acuerdo de una situación que vivimos aquí hace ya unos cuantos años cuando por razones de reordenamiento urbano hubo que desalojar a unas veinte familias de villeros. Me pidieron que los acompañara ante el funcionario encargado de la cuestión. Fuimos. Nos atendió un grupo de personas importantes, entre las cuales estaba el profesional que había elaborado sobre su tablero de dibujo, con prolijos cálculos, el proyecto de urbanización. Realmente el proyecto era muy lindo, el único inconveniente que tenía era que implicaba el cambio de lugar de estas veinte familias. Y aquí viene lo que les quiero contar: de un lado del escritorio estaban las personas importantes, entre ellas el profesional con planos y papeles en mano. Del otro lado estábamos nosotros. Se entabló una especie de diálogo de sordos entre ambas partes. Todos muy correctos, todos buscando soluciones, pero se hablaban dos lenguajes diferentes: los funcionarios explicaban con argumentos coherentes, con datos, cifras, razones, las bondades del plan de erradicación.
Los villeros defendían su lugar, se negaban a trasladarse. Hasta que interviene en la discusión una viejita, que hasta entonces se había mantenido tímidamente callada:
"- Señor, usted ha de tener razón... usted sabe mucho... pero yo no puedo irme... allí en mi terrenito están los naranjitos que yo planté, mis críos nacieron ahí, yo arañé la tierra para hacer mi huertita... -".
Claro, ¿qué argumento racional podrían dar ustedes para rebatir esta defensa profundamente vivencial? El arquitecto se quedó mirándola y no dijo nada. Es que no había nada que se pudiera decir. Todos estábamos medio emocionados porque lo que había planteado la viejita con sus palabras tan, pero tan simples, es esa forma de sentir, de pensar, de vivir, que yo estoy tratando de explicarles y que es la vivencia del espacio como algo cualificado, algo que vale no por lo que mide o lo que cuesta en pesos, sino por la vida que contiene. En ese terrenito donde había plantado los naranjos estaba toda la vida de esta mujer. No era un espacio cualquiera de equis metros cuadrados. Dejarlo significaba empezar de nuevo a luchar. Y lo mismo se da en los inundados que vuelven. No es por capricho, o por que sean ignorantes, o por vaya a saber que otra razón lógica que queramos encontrar. Es porque allí está su espacio, allí está su vida...
Estábamos hablando de los "centros", que son los lugares donde lo sagrado se manifiesta con más fuerza, si bien - recordemos esto porque es muy importante - todo el Cosmos es sagrado. Bien, ya mencionamos uno de los centros: la morada. No es el único. Otro centro es el lugar destinado específicamente a los dioses: una montaña, un lago, una piedra, más tarde serán el tótem y el templo.
La literatura ofrece abundantes ejemplos de esta vivencia que se mantiene en algunos pueblos actuales no demasiado contaminados por la civilización técnica. Mauro de Vasconcelos habla en una de sus novelas de una tribu del Brasil que considera al agua como el lugar donde habitan tanto sus dioses como sus ancestros. Entonces el agua es fuente de vida, y al mismo tiempo refugio en la enfermedad o el lugar que se busca cuando se presiente la muerte.
Cuando aparece el Templo como lugar específicamente destinado a adorar a la Divinidad, se produce una especie de desplazamiento: lo sagrado queda recluido adentro de sus paredes; lo profano queda afuera. Esto ocurre cuando empieza a funcionar la conciencia lógica que tiende a ser dualista.
Otro centro importante es el lugar donde se reúne la tribu para tratar y resolver los asuntos comunes, es decir, los que conciernen a la marcha de la comunidad. Más adelante volveremos sobre este tema de la comunidad que tiene particular importancia para la época mítica. Aunque parezca un poco reiterativo, lo vuelvo a decir: Si tuviéramos que resumir en una palabra o en una característica qué es lo propio del espacio mítico, diríamos que su valor está dado no por la extensión o por el precio, sino por el contenido. Entonces nos preguntamos: ¿existe en nosotros, aquí y ahora, la vivencia del espacio cualificado o ha desaparecido por completo ?.
Creo que es evidente que sigue teniendo vigencia. Tenemos ejemplos a montones: el hogar(1) , la región, la patria, la habitación preferida de la casa, un paisaje donde me sentí en paz. Una carta de alguien muy querido no es un papel de equis centímetros cuadrados, sino que está cargada de significación, es valiosa para mí, como es valioso para el artista el papel donde está escribiendo la melodía que lo obsesiona, o para el novelista el manuscrito de la novela donde cobran vida sus personajes, o para el pintor la tela en la que de alguna manera está proyectado gran parte de su ser.
(1) Cuando Marcel explica el sentido filosófico del “recibir”, señala la diferencia que hay entre palabras aparentemente sinónimas como serían “casa” y “hogar”. Mientras la casa puede referirse sólo al conjunto de ladrillos, paredes, techo que conforman físicamente ese espacio, hogar tiene el sentido de “morada”. Ese lugar en que me siento “chez moi”, “at home”. Es el lugar donde me siento en lo mío. Cfr. Marcel, Gabriel: Filosofía Concreta.
La vivencia del tiempo: Actualmente sabemos que si bien, como lo hemos dicho en páginas anteriores, el tiempo se percibe subjetivamente, es posible medirlo en forma objetiva. Lo medimos en años, meses, días. Incluso en más y en menos: lustros, décadas, siglos, milenios, etc. por una parte, y minutos, segundos, décimas de segundo u otras medidas infinitamente más pequeñas por la otra. Entonces quiere decir que el tiempo es algo cuantificable en tanto se puede medir y registrar con una cantidad (dos años, tres milenios, una décima de segundo...).
Es homogéneo además, porque para el calendario o para el reloj todos los momentos son absolutamente iguales. Así vivimos ahora el tiempo, como un tiempo cronológico, por lo menos en la mayoría de nuestros momentos. Nada más distinto a la vivencia que tenían los míticos. Al igual que el espacio, el tiempo era vivido como cualificado, es decir, lleno de contenido. No todos los momentos estaban igualmente cargados de significación sino que había algunos más importantes que otros. Una cosa importante para recordar es que todavía no había noción del tiempo personal, sino que se trataba del Gran Tiempo de la Comunidad.
El Mito Del Eterno Presente
Al principio, muy al comienzo de la humanidad, el tiempo es vivido como un eterno presente. Esto quiere decir que no hay conciencia del transcurrir. Igual que en el animal y en el niño pequeño el ayer, el hoy, el mañana se funden en el tiempo presente, es decir, todo lo que de alguna manera impacta o impresiona agradable o desagradablemente es HOY.
El Mañana Y La Repetición
Esta primera etapa en la cual es vivido el tiempo como un eterno presente dura muy poco. Pronto el hombre advierte por ejemplo que las hojas de los árboles están verdes, más tarde se ponen amarillas y finalmente caen; que los animales nacen, crecen, es decir cambian de tamaño, mueren y desaparecen; que el hombre mismo hoy es niño y mañana ya no lo es; que hoy están y mañana ya no se los ve. En definitiva, advierte que todo cambia. El cambio atemoriza, pues implica entrar en lo desconocido. Pero no, "- no nos asustemos - susurra la conciencia mítica protectora - es cierto que las cosas cambian, pero no ocurre nada nuevo”. La novedad no existe. El tiempo es sólo un eterno repetirse de lo mismo una y otra vez. Esta segunda etapa en la vivencia del tiempo, que es la que pasará a los griegos y se infiltrará en el cristianismo, es la del tiempo vivido como un eterno retorno. Las acciones humanas no son más que la repetición de un arquetipo que fue realizado en el comienzo de los tiempos.
Esto es muy importante porque es una vivencia que no ha desaparecido en la actualidad como veremos en seguida.
Repetición No Es Igual A Tedio Vital
Quiere decir entonces que para el hombre mítico el mundo está ya hecho; nada nuevo puede ocurrir, nada nuevo puede inventarse o descubrirse. Todo cuanto ocurra será una repetición de algo que sucedió en los orígenes del Tiempo. Es importante destacar sin embargo, que esa actitud o esa manera de vivenciar el tiempo nada tiene que ver con algunos ejemplos de nuestra sociedad actual:
- el del hombre hastiado y aburrido de nuestros días para quien "nada nuevo hay bajo el sol", que padece lo que Victor Frankl diagnostica como "tedio vital"; - el del cientificista, que cree firmemente que la ciencia y la técnica han sometido totalmente a la naturaleza y que ya no quedan milagros por descubrir o explicar;
- el de la señora burguesa que no encuentra sentido a su vida y trata de llenar el vacío existencial con el aturdimiento del ruido, el placer o el consumo.
Todos ellos viven en un tiempo donde el milagro del nacimiento de una flor, de la gestación de un animalito o de un bebé, del descubrimiento del amor, de la belleza de un paisaje, de la plenitud de una melodía, y la consiguiente admiración que todo ello despierta, no tiene cabida. Nada que ver este tedio vital con la actitud reverente del hombre mítico, que si bien cree que nada nuevo va a ocurrir (posiblemente como un recurso defensivo para evitar el miedo), vive en perpetuo asombro, saborea la admiración. Es un mundo donde el milagro se halla en todas partes; es un mundo mágico donde no cabe el hastío. No puede comenzar nada nuevo, pero todo está siempre por comenzar.
(Lo mismo que pasa con el juego: el mismo juego se repite innumerables veces pero la emoción no desaparece). Mucho más adelante, con el pueblo hebreo, surgirá otra manera de vivenciar el tiempo, que es la llamada del Tiempo Histórico o Lineal, donde aparecerá la idea de que el tiempo aporta novedad y crecimiento.
La vivencia del Nosotros: ¿Cuándo usamos la palabra “nosotros”?
Decimos por ejemplo:
"nosotros vivimos en la planta baja" (la familia)
"nosotros estamos hartos de estudiar filosofía"-"(La clase)
"nosotros estamos por iniciar la vida democrática" (los argentinos)
Es decir que "nosotros" indica a un grupo determinado unido por lazos de distinta índole (biológicos, intelectuales, de nacionalidad, etc., etc.) Ahora bien, algunos de sus miembros tomado solo, ¿tiene conciencia de que él es un ser individual distinto, aparte, que integra un grupo que sin él puede seguir viviendo aunque a veces la separación resulte dolorosa? Por supuesto que sí e incluso puede caer en el extremo opuesto que es el aislamiento. Esto es imposible para el hombre mítico porque él no concibe su existencia separada de la del grupo. Todavía no tiene conciencia de su Yo. Es como si él y el grupo (tribu, clan) formaran una unidad tan indivisible como la que forma la madre con el feto que lleva en sus entrañas. Madre-hijo forman un nosotros indisoluble. Es más o menos lo que pasa con el hombre mítico y su grupo. No puede siquiera imaginar su vida fuera del nosotros. Y ese nosotros vive en el Cosmos, en el espacio conocido, ordenado, domesticado. Los únicos que están fuera de él son los Otros, los desconocidos, los que viven en el Caos.
En el Siglo XX Somos Míticos
Lo somos porque perviven en nosotros muchos de los rasgos que hemos descrito, algunos excelentes y otros no tanto. Repasemos rápidamente cuáles son: - se mantiene por ejemplo la vivencia cualificada del espacio y del tiempo, por lo menos en algunos pasajes de nuestra vida;
- Siguen teniendo vigencia los ritos para domesticar el nuevo espacio (bendición de local, fiesta de inauguración);
- como veremos enseguida, se mantiene el enfrentamiento con los "Otros", los que son diferentes de "Nosotros"; - Sigue funcionando, por lo menos en algunos niveles de conciencia, el temor al cambio, la ansiedad por aferrarse a lo conocido.
No Somos Tan Míticos (Qué lástima...)
Hemos perdido en cambio otras vivencias que eran muy ricas y profundas en el hombre de aquellos tiempos, y que tal vez convenga revitalizar. Por ejemplo:
- el sentido de comunidad: lo que le pasaba a un miembro del grupo afectaba a todos. Hoy nos dejamos envolver muy a menudo por el individualismo; - el sentido de lo sagrado: Toda la Vida, todo el Cosmos, (lo que equivale a decir todo lo conocido) eran sagrados. Hoy lo sagrado parece haberse reducido a determinada acciones y lugares;
- el sentido de los ritos: eran acciones que expresaban algo muy profundo y por lo tanto estaban llenas de significación. Hoy a menudo son sólo gestos exteriores.
El Clan Del Oso Cavernario(1)
A veces el novelista o el poeta logran hacernos llegar con más facilidad una idea que el filósofo o el historiador. Por eso vamos a recurrir ahora a la novela que ya le mencioné hace un rato, "El Clan del Oso Cavernario" de la que en español han aparecido por el momento cuatro tomos. El argumento es muy simple: un terremoto causa la destrucción del lugar donde habitaba Ayla con sus padres. La niña queda completamente sola y deambula durante largo tiempo hasta que, cuando está al borde de la muerte, es descubierta por un Clan que emigra en busca de un lugar donde establecerse. Cuando ya se encuentra bastante identificada con sus protectores, hacia quienes ha trasladado el amor que sentía por sus padres, comete una infracción a las normas del Clan que la condena al destierro y prácticamente a la muerte. Dentro de esa línea argumental sencilla encontramos muchos de los elementos que hemos ido viendo en nuestra recorrida por el mundo del hombre mítico.
Cuando la encuentran, la mayoría de los miembros del Clan se muestra reacia a aceptarla. Sólo Iza, la curandera, y más adelante el Mog-ur, el hechicero, llegan a sentir verdadero cariño por la pequeña.
"De pie y erguida, la niña era todavía más alta de lo que había pensado Iza.
Tenía piernas largas, flacas y con rodillas nudosas... Y eran rectas; Iza se preguntó si estarían deformes. Las piernas de la gente del Clan estaban arqueadas hacia afuera pero, excepto por una leve cojera, la niña no encontraba dificultad para caminar."
... "También deben ser cosa normal para ella (...) los ojos azules”. (p.58). "... La alta y flacucha niña, con brazos y piernas rectas, rostro plano, con una frente amplia y saliente, pálida y deslavada; inclusive sus ojos eran demasiados claros. ‘Va a ser una mujer fea -pensó sinceramente el Mog-ur. De todos modos ¿qué hombre la va a querer?' ". (p.87). Más adelante, en un diálogo entre Iza y Mog-ur, preocupados por el destino que aguarda a la extraña niña, encontramos este diálogo:
"- Quería hablarte de ella. No es una niña bonita. Ya lo sabes. Creb (es el nombre familiar de Mog-ur) echó una mirada hacia Ayla. - Es conmovedora pero tienes razón, no es atrayente - admitió." (p.146). Lo grave es que no sólo su aspecto era extraño y decididamente feo para el Clan, sino que también sus costumbres eran desconcertantes: "Observaba a la gente que le rodeaba mientras se comunicaban unos con otros, mirando fijamente, con una atención apasionada, tratando de captar lo que se decía. Al principio el Clan se mostró tolerante en cuanto a su entremetimiento visual, tratándola como si fuera un bebé, pero a medida que pasaba el tiempo, miradas de reprobación evidenciaron que un comportamiento tan incorrecto no seguiría siendo aceptado." (p.127).
Justamente a causa de esa costumbre, extraña para el Clan, de observar tan irrespetuosamente a los adultos, la niña es reprendida severamente por el Mogur a quién ha llegado a adorar: "Ayla estaba deshecha: nunca se había mostrado Creb tan duro con ella. Había creído que se alegraría de que aprendiera su idioma; y ahora le decía que era mala porque miraba a la gente y trataba de aprender más. Confundida y dolida, se le saltaron las lágrimas y le corrieron por sus mejillas.
- Iza - llamó Creb preocupado -. Ven acá: Ayla tiene algo en los ojos. Los ojos de la gente del Clan sólo se llenaban de lágrimas cuando algo se les metía adentro o si tenían catarro o padecían alguna enfermedad de los ojos. Él nunca había visto que de los ojos brotaran lágrimas de infelicidad." (p.130).
La avidez por conocer, que se confunde con curiosidad irrespetuosa; las lágrimas de tristeza que se toman por una enfermedad de los ojos... ¡Todo en la niña era tan distinto a lo que conocían en su nosotros habitual! Las sorpresas no habían terminado para Iza y Creb: "Descubrieron que cuando Ayla hacía cierta mueca, separando los labios y mostrando los dientes, lo que solía ir acompañado de sonidos aspirantes peculiares, eso significaba que se sentía feliz, no hostil". (p.133).
Era la risa que ellos no conocían. Y hubo muchas cosas más, como esa indescriptible cascada de sonidos que salía de la garganta de la muchachita: era el lenguaje articulado, que ellos no manejaban porque se comunicaban mediante gestos, mímicas, sonidos guturales. Pero hubo algo más que ya no sólo causó extrañeza, sino que significó la expulsión de la pobre Ayla ya que contravenía todas las normas del Clan desde que éste tenía memoria: siendo mujer se convirtió, observando a escondidas a los muchachos cuando practicaban, en una experta cazadora. Ese fue el pecado que ya no pudo ser perdonado, aunque los demás hubieran sido disculpados por su condición de hija de los otros. El que una mujer desempeñará una tarea reservada al varón era demasiado grave y ni siquiera el Mog-ur que había llegado a quererla más allá de lo que él mismo hubiera creído jamás pudo salvarla. La condena fue el destierro durante el tiempo que durara el ciclo lunar, en la práctica era equivalente a la muerte pues nadie podía sobrevivir solo durante tanto tiempo.
Bien, hasta ahí la novela en la parte que nos interesa. ¿Qué rasgos míticos encontramos aquí ?. En principio tenemos un Clan, un grupo, que constituye un Nosotros absolutamente cerrado. Todo contacto con un miembro de los Otros es peligroso y en lo posible hay que evitarlo. De pronto ese Nosotros cerrado se topa con un ejemplar de los Otros. La encuentran fea, extraña, insolente, la toleran a duras penas por el respetuoso temor que les tienen a dos prominentes miembros de su Nosotros. La curandera y el hechicero. Algo imperdonable en la intrusa es su falta de temor ante los tabúes del Clan, su avidez por conocer, su espontaneidad por manifestar los sentimientos. Si vemos la cosa desde nuestra perspectiva actual, a qué se reduce todo el encono del Clan contra la pobre Ayla? A la inconsciencia de ser monstruosamente distinta. Lo distinto asusta, no encaja en los moldes del nosotros, perfectamente ordenado, cómodo en su mundo donde lo nuevo no tiene aceptación. Entonces, ahora que hemos aclarado la cuestión yo les pregunto: - ¿Qué pasa hoy ?; - ¿Ya no tenemos la actitud cerrada del nosotros mítico ?; - ¿Qué nos pasa cuando conocemos a alguien extraño, que no piensa, ni siente, ni se viste como nosotros ? No sé cual será la respuesta de ustedes, pero piénsenlo por favor, y mientras lo piensan, yo les doy la respuesta que les hubiera dado don Ortega y Gasset(1) : Cuando advierto que el otro no es idéntico a mí, que su vida no es intercambiable con la mía, empiezo a verlo como el monstruo que tiene la insolencia de ser distinto de mí. Insolencia de ser distinto.
Me parecen tan gráficas las palabras de Ortega. ¿Acaso no rechazamos nosotros lo distinto, no le ponemos una etiquetita a todo aquél que no piensa como nosotros, no rechazamos todo lo que puede inquietar nuestro cosmos ordenado y á bien o mal que sea así, es otra cuestión que por ahora dejo a criterio de ustedes, más adelante también la vamos a plantear. Por ahora nos limitamos a señalar un hecho: no se advierten muchas diferencias entre el hombre que vivía en las cuevas prehistóricas y el qué está rozando el Siglo XXI. Más adelante, cuando hablemos del crecimiento de la humanidad, volveremos sobre este tema y tal vez podamos ver otros matices que por ahora dejamos intencionalmente de lado.
NuAr